POESÍA
DOLOR
A Rosario, mi pequeña, huída en mitad de la batalla...
A veces el dolor es un serio estimulante.
Un enérgico aviso de lo que se avecina.
Tiene su parte buena –dirían los viejos y acomodados terapeutas-.
Pero el dolor del que yo hablo no es nada de esas cosas.
Ese dolor, únicamente, duele, y no da lugar ni terreno a teorías o leyes.
Ese dolor es una espina gruesa y dilatada clavada en la garganta.
Ese dolor resta oxígeno al aire.
Ese dolor determina el futuro.
Ese dolor implica a miembros secundarios de mi cuerpo.
Ese dolor, esencialmente, duele como un destierro
y, pese a los consejos de la gente, quema y empapa, y sangra,
definitivo y suyo.
Y sé que no hay más solución que esperar.
Y como el tiempo es un raro tratamiento efectivo,
he decidido entonces, paciente y abnegado,
dejar que me recorra el sufrimiento incierto
y restarle importancia, nativo y convencido, expectante, sereno,
y que pase de nuevo el tren de la alegría.
No hay antídoto otro que me pueda salvar
de este dolor que eso:
arrimarme a los días y pedir su consuelo.
16 de ABRIL 2013
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